El dolor del viento

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Afuera, el viento masoquista se estrella contra los muros, uno lo escucha gritar, lo ignora otra vez. Las cortinas de mi habitación danzan al son de su dolor, me levanto de la cama, con mucho esfuerzo por todas las dudas, por todo el temor; bailo, mis manos frías extendidas, mis piernas heridas se mueven imitando a las cortinas, y de repente olvido. En mi pecho siento el dolor del viento latir, cierro los ojos y lo he dejado todo, aquello que dudaba o temía se quedó entre las sábanas. Me sacudo hasta que no me alcanza el aire, todo se detiene; el viento, la cortina y yo, entonces te veo, en una esquina sonriendo, te sonrío de vuelta. A mi lado lo que está entre las sábanas me pide regresar con ellas, del otro vos alzás la mano, y un silencio aterrador cobra vida como sombras, se me nubla la vista, entra el vértigo, se me entumece el cuello. Antes de caer, lo sé, de qué trata todo esto: Quiero despertar en la cama, sobre esas mismas sábanas con vos. 

 

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El verano en abril III: La muerte de S.

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La visitaba en su cama, justo al lado de la puerta, ella podía ver quién se acercaba en el pasillo. La única vez que no sonrió, fue el primer día que comenzó con su tratamiento.

Le gustaba hablar sobre el amor y el futuro, me contó que nunca se había enamorado, que nadie la había amado, pero eso no le dolía, le dolía la posibilidad de que nunca ocurriese. Porque podía esperar, a alguien inteligente y bueno con ella, no quería más que eso. Le llevé algunos libros, de separador usaba un recibo en el que su padre había escrito que la amaba. Me enseñaba las fotos de cómo era antes de enfermar, miraba su belleza como un recuerdo vacío pero con la esperanza de revivirlo.

Hace dos meses, uno de mis compañeros me contó que había tenido una recaída, me pidió que lo acompañara a verla, estaba tan cansada ese día, no había dormido y quería llegar a mi casa rápido, pensé “Se va a recuperar, como siempre, y voy a poder hablar con ella después”

¿Por qué no fui después? No habría podido cambiar nada, pero habríamos charlado y quizás habría muerto un poco menos sola, en una sala repleta de doctores y enfermeras preocupados por cumplir sus horas, y largarse. Le habría contado sobre el amor de María en “Por quién doblan las campanas”, cómo se habían conocido Avellaneda con Martín, cómo Catherine y Heathcliff llevaron su amor más allá de la vida.

Hubiese querido verla sonreír una vez más, a lo lejos cuando me viera acercarme por el pasillo. Si hay otra vida, estoy segura que vas amar, y te van a amar con toda la inteligencia y bondad que merecías tener, los dos hijos que querías, y vas a bailar con la belleza que era tuya, no vas a tener que usar un recibo para recordar el amor de tu padre. Sé que nos vamos a encontrar en algún pasillo, de cualquier lugar, vamos a sonreírnos como los desconocidos que se reconocen de inmediato y saben que comparten el mismo secreto.

Confesión del asesinato de despedidas 

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Ayer me dieron otra despedida, que coloco sobre las demás. Una sobre otra, se abrazan entre sí por el frío del lugar dónde las guardo. Las primeras murieron, tuve que cargar sus pequeños cuerpos hasta el jardín del vecino, porque el mío lo convertí en cemento, ya nada crece ahí. Mi vecino no sospecha, una vez vi que su luz se encendió, luego escuché que reía con alguien más, seguí cavando. Sentía cargo de conciencia al inicio, pensé que no debía de ser tan cruel, entonces decidí soltarlas, a la hora de la cena estaban tocando la puerta, y aunque no les abriera, me seguían cuando salía, era todo un espectáculo, no me quedó de otra que dejarlas quedarse conmigo. Mi otro plan fue quererlas, pero al irme a dormir y les besaba la frente, rompía a llorar, lloraba por horas, ya no dormía, comía o vivía. Intenté hasta regalarlas, pero todos se alejaron de mi, por temor a que les metiera despedidas en sus bolsos sin darse cuenta. No pude más, tuve que volver al plan original, y así mueren una tras otra. Sé que están muertas porque el silencio invade todo, se acaban sus pataleos, sus reproches, sus tristes y unos cuántos felices recuerdos chillones. Se supone que el que muere descansa en paz, pero en este caso soy yo la que por fin, respira profundamente, se sienta en el sofá y disfruta la soledad. Eso hasta que suena el timbre, y con miedo dejo entrar a alguien más, con la única esperanza, que no me deje una despedida envuelta sobre la mesita de la sala.

Todos sus rostros, son el mío.

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En la cafetería sola, siento que estoy en un poema de Vania Vargas, ocupando un silla que todos miran como una mujer solitaria, me observo reflejada en sus ademanes, sus sonrisas volátiles de cortesía. Empiezo a preguntarme cuántas veces al día ellos sienten impotencia, si ven al dolor directo a los ojos, tal como lo vi en la desconocida que lloraba y nadie sujetaba ¿Ellos habrían tomado su mano? ¿Se habrían acercado y acariciado su hombro? Quisiera saber que no fui la única cobarde. Me gustaría ver de cerca las líneas de sus cuellos, leer entre ellas a los que se acercaron y dejaron su aliento; pequeñas minas de historias, que estallan erizando la piel de cualquiera que las inhala. De lejos mi mente sale flotando, da saltos desde las comisuras de sus labios, se detiene en las arrugas de sus ojos, se recuesta en sus espaldas. Hago cálculos de las lágrimas que han derramado la noche anterior con el tamaño de las bolsas en sus ojos, la temperatura a la que prefieren vivir con la que piden su café, el peso de sus vidas con el que golpean el suelo al caminar. Revuelvo un poco la azúcar al fondo con algunos recuerdos, si veo entrar a un niño, lo mezclo con el que perdió la señora cuya operación jamás sabré cómo salió; si veo a una pareja riendo, le agrego a la que se abrazaba con felicidad cuando él despertaba vivo un día más. Cuando al fin acabo y decido irme, comprendo que todo lo mío se traduce a cada idioma que he aprendido de otros, y no puedo sentirme mejor de llevarlos conmigo, revivirlos cuando se me da la gana, si tan solo ellos lo supieran, si tan solo supiera a dónde me llevan ellos, quizás así sabría la cantidad de veces que he revivido en sus instantes solitarios mientras piensan, en una mujer solitaria.

Los condenados.

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Sé que lo ama, escribe de él como el fantasma de la habitación que viene del silencio pero no deja de hablar en su cabeza. Ella gime y llora cada vez que dice su nombre, es un monstruo bajo la luz tenue, el ladrón al otro lado de la puerta que respira lento; se muerde la lengua para no hacer sonidos y despertarla de su sueño profundo.

Los temblores dejan caer la taza, en el suelo los pedazos están manchados con sangre, él mira en la cocina el desastre en el comedor, ella levanta su falda, y se arrodilla sin apartar la vista de sus ojos, no espera que la detenga, sabe que él está tan paralizado como ella. No sabe qué hacer con la sangre, las heridas, no sabe cómo cruzar la cocina y arrodillarse a su lado mientras acaricia su nuca desnuda;  permanece parado en el mismo lugar, tomado sorbos de su té.

En medio de la madrugada suena su canción triste, entonces ella sabe que él está abajo tiritando en su propio infierno, él no espera que lo detenga, sabe que ella está tan condenada como él. No sabe qué hacer con los errores, las mentiras, no sabe cómo bajar a consolarlo acariciando sus hombros; permanece acostada bajo la misma sábana, tomando tragos de su desolación.

El tiempo titila desde la lámpara con luz amarilla, los tornillos de la casa producen sonidos como animales escabulléndose entre las paredes, el fuego empieza a expandir las grietas, ellos saben que es hora, salen por la puerta tomados de la mano, él le pide que no voltee, a la muerte no le gusta los valientes que la ven a los ojos.

Lecciones.

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Hace dos años aprendí una de las lecciones más importantes: La independencia que nos otorga la soledad a cambio de aceptarla con amor.

Mi golondrina se fue, y yo me alejé con su partida. Nos encontramos este año, ahora sabemos que la promesa de estar juntas de por vida, es un hecho ya golondrinaque podemos vivir una sin la otra, pero preferimos no hacerlo. 

Así que no espero que la gente entienda mi insistencia por darme mi espacio, y reconocer el derecho de darles el suyo. No pretendo que comprendan lo importante que es para mi, que escojan amarme en medio de su libertad y no como la necesidad de hacerlo, de la dependencia constante de tener a alguien a su lado, el miedo a sentirse en soledad.

Y si estoy un poco más sola gracias a esto, también es parte de la responsabilidad que asumo conmigo misma de no darle a nadie la oportunidad de atarme.

Dos acordes.

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Dos acordes te acompañan, en las madrugadas los vecinos los escuchan creyendo que sueñan, los vagabundos creen que alucinan y los niños sonríen creyendo en ángeles. Cuando te conocí no fueron mis ojos los que se acercaron, fueron mis oídos, y desde entonces aún pido colocar mi cabeza en tu pecho. El día que dejé de escucharlos descubrí que ciertos silencios eran capaces de incendiarlo todo a su paso, los buscaba entonces, en todas las canciones, pero esos acordes ni Pete Doherty con su habilidad de cantar con el cigarro entre los labios y la botella al lado puede crearlos. La vida se hizo a un lado, se sentó y me observó, esperando a ver qué iría a hacer yo, con tanto ruido y tanta nada flotando en el aire como un veneno silencioso. 

Yo que nunca he guardado mas esperanza, que en la idea de que todo se acaba, terminé por aceptarlo, abandoné todas las ganas de bailar, me reía de quiénes se lanzaban y terminaban tropezando.

Ayer mientras soñaba los escuché, quise quedarme dormida para siempre, pero al despertar seguían ahí, comencé a seguirlos y me llevaron a los ojos del mar, quién me veía con dureza pero me daba la bienvenida con besos en los pies. Fueron tus manos entonces que se encontraron con las mías, y nos dejamos amar, no había necesidad de voltear, eran tus acordes a mi lado, eran todas las vidas pasadas y las venideras de frente al horizonte; somos las aves danzantes del gran misterio del mar.

La Bestia

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No supo cómo había llegado a ese lugar, tomó mis manos y las colocó en su rostro, respiró profundo y sentí sus lágrimas corriendo entre mis dedos, me pidió no verla mientras la sujetaba, todavía tenía las marcas en su cuello. La bestia estuvo entre sus piernas, ella las cerraba con desesperación y con la misma él las abría, su piel ardía en sus labios, el dolor quemante hacía que muy dentro de ella, todo sucumbiera, el terror se había apoderado de su mente, y él de su cuerpo. Desviaba la mirada, no podía verse reflejada en su sudor, se sentía aprisionada por su respuesta cuando pedía que se detuviera. Me llevó a casa dijo, enfrente preguntó porqué estaba tan callada, me ha pedido perdón, supo que había sido una bestia, ha sido tan amable conmigo la última semana. Ha sido mi culpa, siguió diciendo mientras sus ojos se desbordaban, si hubiera insistido en negarme, él habría parado, tenía que haber sido más firme, haberme levantado, él no lo habría hecho; él me quiere, es que, era otra persona; jamás me había obligado a hacer las cosas que hice, sé que no volverá a ocurrir. La abrazo con tristeza, le susurro ¿Y si vuelve a convertirse en esa bestia? ¿Y si termina de llevarse lo que no pudo la última vez? Ella tiembla, ella se mete en mi piel, ahora somos una sola persona, yo soy ahora su refugio, su encuentro consigo misma. 
Esta noche no voy a dejarla regresar, la bestia encontrará la casa vacía. 

Las estrellas de B.

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Cuando conocí a B. estábamos en la acera frente a la casa de su amigo, ella se acercó y me preguntó sino estaba aburrida de todo eso, estaba ebria pero me gustó su pregunta, porque sí lo estaba. Me pidió que nos sentáramos lejos de ellos, empezó a contarme la historia del hombre que le cambió la vida, decía que venía del espacio, intentaba sonreír pero las luces de la calle se reflejaban en sus lágrimas; al final me dijo “Nada dura para siempre si lo intentamos hacer únicamente a nuestra manera”. Con B. volvimos a vernos otras tres veces en las mismas circunstancias, creo que no me recordaba bien, y no quise decirle que yo era esa desconocida a la que le contó cómo eran los besos del hombre que una vez amó, el hombre del espacio que andaba de planeta en planeta plantando flores en distintas pieles, que le dejaba en sus ojos hoyos negros dónde ella sacaba la tinta para escribir poemas, y mucho peor, que cada vez que ella salía a perder la cabeza era para no ver al cielo y buscarlo. 

B. desapareció hace un mes, dejó una nota y se fue lejos, debió haber buscado una mejor forma de huir de agujeros negros, quizás pensó que atravesando océanos podría ahogar a los fantasmas, pero yo apuesto más por la teoría de que, se fue al polo a ver la aurora boreal, espero que cuando llegué ahí se dé cuenta que el universo no es una sola persona. Lo sé porque hoy recibí un correo de ella, me dijo si alguna vez quería ver las estrellas de cerca, no necesitaba un telescopio, solo saber de qué estaba hecha.

Señales

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Debíamos abandonar nuestras casas, mi padre tomó unos libros sin fijarse en los títulos, mientras las manos de mi madre temblaban, escuchaba los platos quebrándose contra el piso en el que tanto me esmeré limpiando esa mañana. Recordé todo porque a Ridel se le ocurrió preguntarme de dónde había sacado uno de los libros de Hemingway que tengo en al lado de mi cama, como un vigilante, una especie de arrullo. No estoy segura sobre las siguientes horas luego de que mi padre consiguió incinerar lo que quedaba, lo que le perseguía, lo que le ardía, en el patio deben seguir esas cenizas, también las veo bajo los ojos de mi madre cuando alguien hace referencias de esos tiempos. Pasaron varios meses antes de lograr recuperarnos de todo eso, para mi no significó nada, o bien puede ser gran parte de la explicación a todo eso en mi, eso que extravía a los que intentan encontrarme, eso que oculta mi rostro cuando no quiero ser encontrada; esa débil presencia está ahí, contrarrestando lo demás. No puedo borrarlo, la oscuridad de esa noche camina conmigo contra la pared en forma de sombra, a veces no me sigue, da sus propios pasos y yo decido seguirla con la esperanza de que sepa hacia dónde se dirige. Finalmente lo sé, ahora cuando pregunten dónde pueden encontrarme, les voy a responder, que en el patio de la casa de cuando tenía cuatro.